21
OCT/12

Amores perros


 
Muchas veces perdemos lo que mas queremos y no somos conscientes de ello hasta perderlo. Se nos va el tiempo buscando esto o aquello cuando, en realidad, tenemos al lado lo que anhelamos y no nos damos cuenta.
 
 Yo la perdí, pasaron años para cuando empecé a notar su ausencia, cuando realmente empecé a valorar lo que había tenido y tontamente, perdido en falsas ilusiones, la había dejado escarpar a mi lado, tan cerca y tan lejos.
 
Como nunca es tarde, comencé a buscarla, recorrí ciudades, pueblos y aldeas, la busqué por lujosos lugares, antros de mala muerte y nada, ni rastro hallé de su legado, de su nombre, de su existencia o su paso por este mundo. Me senté en un camino a descansar, con el corazón cansado y los pies tristes de tanto andar. Con la tristeza que da volver cuando no vuelves de ningún sitio.
 
Allí me encontró un cazador, Luis. Compartió su almuerzo conmigo y hablamos de perros. Los cazadores, como los pastores, siempre me han parecido un poco filósofos y un poco mentirosos. - No busques mas, me dijo. Las cosas las perdemos o se pierden solas. Y si tienen que volver, ellas te encontraran.
 
- Pues yo estaba buscando algo que quedara de mi perra Gorri y ni la he encontrado ni me ha encontrado.
 
- Por que no habrás buscado en el lugar correcto ¿Qué Gorri? ¿La madre de Chato de Arbizu? Yo no conocí a Gorri, ni a Chato de Arbizu, pero sí conocí a Chato de Indart y ese que ves ahí es su hijo Chato de Santesteban. Un perro de estos es difícil que lo encuentres paseando en la ciudad o luciéndose en exposiciones. Lo veras en el monte, corriendo entre bojes detrás de un jabalí o detrás del ganado.
 
Se acercó otro cazador a nuestras voces y al almuerzo. Era Rubén y con el venia Jordi. -Yo también tengo un hijo de Gorri. Y Jordi a su vez dijo;  yo tengo un nieto de ella.
 
Y no como en los cuentos, que aquí acaba la historia.
 
Aquí empezó… de nuevo.
 
 
 



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